Dentro de ti hay una quietud y un santuario al que puedes retirarte en cualquier momento y ser tú mismo.
Hermann Hesse

Es claro que el diario vivir se torna gradualmente más precario para la mayoría de la población mundial. Antiguas certezas de estabilidad y bienestar existen ahora sobre las arenas movedizas de la incertidumbre y la creciente inseguridad de un futuro equipado con los requerimientos básicos para que la vida continúe en belleza y creatividad.
Los desafíos asociados a la abrumante crisis global crean un efecto cultural de shock que torna a la población especialmente vulnerable a la manipulación y el control. La contaminación de ríos y mares, la desertificación de los ecosistemas, la inseguridad social, la erosión del suelo, el calentamiento global, el abuso de la mafia política, la erosión de saberes y sabores; todo ello contribuye a que la apatía y la insensibilidad sean la norma dentro de las sociedades industrializadas.
Un estado de crisis, tanto real como percibido, disminuye considerablemente la respuesta colectiva e individual para el cambio. El shock crea ovejas. Mientras nos mantenemos al margen, la aparentemente insaciable avaricia humana roba la posibilidad de un futuro digno para las futuras generaciones.
No voltear la mirada ante esta difícil situación requiere generar la capacidad interna que mantiene un estado básico de bienestar, agradecimiento y cordura ante los embates constantes que engendran miedo, carencia y necesidad. Esta capacidad se conoce como resiliencia interna.
Para cultivar esta preciada capacidad, es necesario amigarnos con los vaivenes emocionales y psicológicos que colorean nuestro diario vivir; atender el suelo de nuestra mente. Desde ahí se nos otorga la gran responsabilidad y fortuna de plantar las semillas de tolerancia, compasión y fortaleza que guiarán nuestros actos.
Alfabetización psico-emocional

El amigarnos con nosotros mismos pudiera parecer una monumental tarea, dada la gran cantidad de responsabilidades que caracterizan nuestras vidas. El ritmo e inercia dentro de nuestras sociedades conceden escasos momentos para simplemente estar con nosotros mismos y preguntarnos qué sentimos, para así responder en base a ello y satisfacer nuestras necesidades profundas.
Un ejercicio introspectivo o de auto-reflexión libre de juicio es vital. Los sabios de todos los tiempos nos recuerdan de la gran importancia de volcar nuestra atención hacia dentro y emprender una de las aventuras más gratificantes y desafiantes de la condición humana: conocernos a nosotros mismos.
Diversos estudios neurofisiológicos hacen hincapié en la importancia de la «propiocepción», o la habilidad interna de la que deriva el posicionamiento de nuestro organismo en el espacio. El equilibrio, diversas reacciones motoras y la capacidad emocional y cognitiva existen en función de un refinado sentido de sensibilidad interna. Sabemos que es posible desarrollar nuestro sistema propioceptivo para reconocer conscientemente nuestra posición ante la vida.
Así, amigarnos con nosotros mismos involucra esencialmente volcar nuestra mirada al interior para simple y sencillamente darnos cuenta. Dentro de las sociedades industrializadas, llevar nuestra atención dentro implica disminuir el ritmo e invitar una pausa. Esta bendita pausa nos conecta con la experiencia del momento presente, la cual posibilita un proceso de (re)educación psico-emocional.
Al recibir un estimulo, ya sea físico, emocional o mental, la pausa consciente fomenta una libertad interna que trasciende la mecanización del sentimiento y su consecuente reactividad. Por su parte, esta libertad de respuesta ocurre en función de aceptar nuestras realidades internas tal y como son.
Darnos cuenta de lo que llevamos dentro, sin juicio y sin afán de controlar o manipular, es el fundamento de la tan necesitada amistad con nosotros mismos.
Las tres «R»

De manera concreta, la resiliencia interna es la virtud necesaria para resistir compasivamente aquello que amenaza nuestra integridad y recuperarnos eficiente y creativamente de la dificultad. Esto implica utilizar el cambio como el combustible para generar la creatividad y la innovación necesaria para caminar en vías hacia la plenitud personal y planetaria.
Desde mi perspectiva, es posible agrupar los aspectos principales de la resiliencia interna en lo que denomino las tres «R»: la resistencia, la recuperación y la regeneración.
El primer aspecto tiene que ver con lo que normalmente se conoce como resistencia: una firmeza y entereza feroz, pero compasiva. Esto se traduce en una habilidad de mantener nuestro centro de gravedad del lado de la compasión; de la sabiduría que surge del cuerpo, de la comunidad, del mundo natural y del caminar en intimidad con la Tierra, literal y metafóricamente.
De la misma manera que un ecosistema sano y diverso es capaz de resistir embates externos y mantener así su integridad, existe la habilidad de decisión consciente para resistir y cuestionar aquello que en las sociedades industrializadas se da por sentado. Un ejemplo básico de ello sería el de cuestionar y resistir la necesidad impuesta de una persistente adquisición de bienes y las consecuencias ideológicas de ello; creer que, por tener más, somos más.
Cuando una perturbación externa rebasa los límites naturales de un ecosistema, entra en acción la habilidad del entramado de especies y entorno para regresar al estado óptimo del que depende su subsistencia. Este segundo aspecto, que denomino recuperación, presenta tres cualidades principales: la adaptabilidad ante el cambio, la capacidad de respuesta de cara a algún imprevisto y la posibilidad de una completa reformulación hacia un nuevo estado y funcionamiento estable.
Debido a que la sensación de fatiga, frustración o desesperanza es una de las respuestas universalmente inducidas por el persistente shock socio-ecológico, recuperar la conexión con nuestro centro de gravedad compasivo es de esencial importancia. Al salir del estupor y del entumecimiento de las cosas de costumbre, se abre la posibilidad de aprender y crecer incluso frente a la adversidad.
Por último, la regeneración tiene que ver con la participación equilibrada y mutuamente benéfica entre dos o más organismos. Ejemplos de este tipo de interacciones en los que se crean novedosas posibilidades creativas y exitosas capacidades auto-organizativas abundan en la naturaleza: bacterias y plantas, pájaros y mamíferos, hongos y algas, abejas y flores, algas y corales, bacterias y humanos, escarabajos y hongos. La lista es interminable.
La trayectoria evolutiva de la vida misma, desde los microorganismos hasta su expresión planetaria, está dictada por alianzas virtuosas que promueven la revitalización, el éxito y la prosperidad. La regeneración constituye el aspecto más refinado de la resiliencia interna, en el que el propio shock y dificultad son transformados en el sustrato que propicia una nueva vida.
El Trabajo Que Reconecta

Existe una gran variedad de propuestas y metodologías que nos ayudan a conectar con las virtudes de la resiliencia interna. Una de ellas se conoce como El Trabajo Que Reconecta (TQR); tecnología grupal que, desde hace más de treinta años, ha ayudado a transformar la desesperación y apatía ligada a la crisis socio-ecológica en acciones colaborativas y regenerativas.
Mediante diversas actividades experienciales y sus contrapartes teóricas, El TQR nos invita a considerar una renovada visión de nuestro «nicho ecológico» como humanos. Es decir, nos ayuda a clarificar nuestro verdadero rol y función en nuestras familias, nuestras comunidades y nuestra casa planetaria. Esta experiencia y visión reconectiva pone de manifiesto los prejuicios y actitudes que amenazan la vida en la Tierra, preparando el terreno interno necesario para crear una vida próspera y floreciente.
El TQR nos invita a descubrir y experimentar las conexiones innatas que tenemos con los demás seres vivos y con la resiliencia que distingue a la vida misma. Los participantes de los cursos y talleres comúnmente experimentan un sentido ampliado de comunidad y valentía, así como una renovada inspiración, empoderamiento y creatividad para asumir su única e irrepetible contribución en la creación de formas de vida más inclusivas, sanas y plenas.
Los entrenamientos y talleres basados en El TQR constituyen una práctica esencial que visibiliza la resiliencia que entreteje no solo a las comunidades humanas, sino también a la fuerza que sostiene toda expresión de vida en el planeta. Al explorar las profundidades de nuestra humanidad, El TQR sirve a manera de refugio en el que podemos descansar y conectar con los recursos que nos impulsan a actuar en beneficio del bien común.
Tomando refugio

Un refugio, idealmente, es un lugar en donde reina la seguridad, la serenidad y la posibilidad de recuperar las energías vitales que nos permiten continuar en nuestro camino de una mejor manera. No obstante, hay distintos tipos de refugios. En la vida cotidiana tomamos refugio en nuestros amigos cuando nos sentimos solos, en el alcohol cuando no queremos lidiar con nuestros sentimientos o en la creencia de un cielo eterno cuando nos embarga el miedo a la muerte.
En el budismo, por su parte, se hace referencia a tres refugios, conocidos también como las «tres perlas» gracias a su invaluable valor. Estos refugios que yacen dentro de cada ser humano son: el buda, el dharma y la sangha.
El buda representa el refugio de la claridad experimentada cuando el ciclo del sufrimiento ha sido trascendido. El despertar del buda histórico hace aproximadamente 2.500 años demuestra que la puerta de ingreso a este refugio está abierta para todo aquel que recuerde y encarne lo que yace más allá del sufrimiento.
El segundo refugio, el dharma, pone de manifiesto la universalidad del sufrimiento y la existencia de su antídoto, así como el camino que lleva a la implementación de tal antídoto. Tradicionalmente, las cuatro nobles verdades y el noble sendero óctuple representan el refugio del dharma.
Por último, la sangha es la comunidad que ofrece la guía, la inspiración y el apoyo de aquellos que andan por el camino del dharma. Los reflejos y acciones de los compañeros y aliados en el sendero resultan invaluables en el caminar propio; al tomar refugio en la sangha, uno mismo se convierte en el refugio de la comunidad.
Los refugios del buda, dharma y sangha son de valiosa asistencia en lo que refiere al cultivo de la resiliencia interna. Presentes y accesibles en todo momento, estos refugios posibilitan un encuentro directo con la bienaventuranza de la naturaleza que llevamos dentro y con las maravillas que nos rodean.
En lo profundo de nuestro ser habita la entereza, flexibilidad y abundancia de la Tierra. El planeta es la prístina fuente de donde surge la respuesta apropiada ante la catástrofe que hace del sufrimiento una bella melodía.
Atender el jardín de nuestra mente hace posible el reconocimiento de la fertilidad de sus tierras. Tomar refugio en estas fértiles tierras es fundamental para trascender los círculos viciosos de consumo y confusión que sirven de motor de las sociedades industrializadas. La Tierra es el gran refugio.
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La resiliencia interna y sus tres «R» hacen alusión a lo que Gandhi denominó satyagraha o «fuerza del alma». Esta fuerza, que emana de la inquebrantable verdad que habita las profundidades, se manifiesta en amor y compasión hacia nosotros mismos y los demás seres. La fuerza del alma no es exclusiva de las grandes personalidades, sino que surge de la real naturaleza del espíritu humano.
En nuestros días, la resiliencia interna no es un lujo o un requerimiento añadido, es una necesidad básica que, al ser puesta en acción, hace del humano una presencia benéfica en su paso por la Tierra.
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Adaptado de: Villaseñor Galarza, Adrián. Corazón del cielo, corazón de la tierra: La espiritualidad en la era planetaria. CreateSpace, 2017.