Es claro que el diario vivir se torna gradualmente más precario para la mayoría de la población mundial. Antiguas certezas de estabilidad y bienestar existen ahora sobre las arenas movedizas de la incertidumbre y la creciente inseguridad de un futuro equipado con los requerimientos básicos para que la vida continúe en belleza y creatividad.

Los desafíos asociados a la abrumante crisis global crean un efecto cultural de shock que torna a la población especialmente vulnerable a la manipulación y el control. La contaminación de ríos y mares, la desertificación de los ecosistemas, la inseguridad social, la erosión del suelo, el calentamiento global, el abuso de la mafia política, la erosión de saberes y sabores; todo ello contribuye a que la apatía y la insensibilidad sean la norma dentro de las sociedades industrializadas.

Un estado de crisis, tanto real como percibido, disminuye considerablemente la respuesta colectiva e individual para el cambio. El shock crea ovejas. Mientras nos mantenemos al margen, la aparentemente insaciable avaricia humana roba la posibilidad de un futuro digno para las futuras generaciones.

No voltear la mirada ante esta difícil situación requiere generar la capacidad interna que mantiene un estado básico de bienestar, agradecimiento y cordura ante los embates constantes que engendran miedo, carencia y necesidad. Esta capacidad se conoce como resiliencia interna.

Para cultivar esta preciada capacidad, es necesario amigarnos con los vaivenes emocionales y psicológicos que colorean nuestro diario vivir; atender el suelo de nuestra mente. Desde ahí se nos otorga la gran responsabilidad y fortuna de plantar las semillas de tolerancia, compasión y fortaleza que guiarán nuestros actos.